El Día Internacional de la Mujer, nos invita a analizar cómo el género atraviesa todos los ámbitos de la vida, condicionando las oportunidades, la producción de desigualdades y el acceso a los recursos.

El género no es solo una característica individual, sino una estructura social que organiza el acceso al poder, los derechos y las oportunidades. La exclusión social no se experimenta de la misma forma por todas las personas, sino que depende de la posición que ocupan en la sociedad, ya sea de privilegio o de infravaloración y opresión.

No es lo mismo ser mujer que hombre, pertenecer a un grupo en situación de pobreza, ser de una determinada raza, ser migrante o autóctona, o vivir con o sin problemáticas relacionadas con las adicciones. Estos factores se entrecruzan con otros ejes, como la clase social, la racialización o la edad, que influyen directamente en el grado de vulnerabilización social. Así, el género se convierte en un eje fundamental que atraviesa la vida de las personas y condiciona profundamente sus experiencias.

Las violencias machistas tienen su base estructural en la desigualdad de género. Estas violencias generan consecuencias profundas en la salud física, emocional y social de las mujeres. En muchos casos, el impacto de estas experiencias desencadena en consumos de sustancias y/o el desarrollo de adicciones como estrategias de afrontamiento frente al dolor, el trauma y el malestar.

El consumo y el género son inseparables. El género, entendido como sistema de opresión sobre las mujeres y todo aquello asociado a lo femenino, influye en las causas, los significados y las consecuencias de los consumos. Por ello, es imprescindible abordar las adicciones desde una perspectiva que tenga en cuenta estas desigualdades estructurales y las experiencias específicas de las mujeres.

Un concepto clave para intervenir en el ámbito de las adicciones es la interseccionalidad. Esta perspectiva permite comprender cómo el cruce entre diferentes ejes de desigualdad —como el machismo, el racismo o el clasismo— genera relaciones específicas de opresión y privilegio. La interseccionalidad nos ayuda a entender que las desigualdades no actúan de forma aislada, sino que se combinan y se refuerzan mutuamente, produciendo experiencias únicas de exclusión o privilegio. Incorporar esta mirada es imprescindible para diseñar estrategias de atención, acompañamiento y prevención que respondan a la realidad de las personas desde una perspectiva integral.

La estructura de género también tiene un impacto directo en la salud. Aunque las mujeres tienen, en promedio, mayor esperanza de vida que los hombres, esta mayor longevidad no se traduce necesariamente en una mejor calidad de vida.

Existen múltiples factores que explican esta realidad. Por un lado, la asignación histórica de los cuidados a las mujeres implica que muchas prioricen el bienestar de otras personas por encima del suyo propio, lo que genera sobrecarga física y emocional. Por otro, los malestares derivados de las desigualdades de género y las violencias sufridas en un contexto patriarcal afectan directamente a su salud.

Además, la mirada androcéntrica ha invisibilizado durante décadas las experiencias y necesidades específicas de las mujeres, relegándolas a un segundo plano. Esto ha dificultado la comprensión de sus realidades y ha limitado el desarrollo de respuestas adecuadas en ámbitos como la salud o la intervención social.

Por todo ello, el 8 de marzo no es solo una fecha simbólica, sino una oportunidad para visibilizar las desigualdades estructurales, reivindicar la necesidad de comprender el papel del género, reconocer el impacto de las violencias machistas, incorporar la interseccionalidad, cuestionar los sistemas de opresión existentes y construir respuestas colectivas que pongan la vida, los cuidados y la justicia social en el centro.